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LA LECTURA COMO TAREA

Una estrategia pedagógica del Claustro.

 

Jorge Alejandro Medellín Becerra.

Rector.

 

Existe una desafortunada y muy generalizada tendencia a medir el nivel académico de los colegios por el número de tareas que dejan todos los días a los niños. Entre más tareas –se piensa- mejor es el colegio, más serio, más responsable. Y si el colegio de los primos o el de los vecinos deja más tareas que el de los niños de la familia, empieza a cubrirse éste con un manto de duda que cuesta revaluar.

En los colegios no es fácil adelantar la revisión de los conceptos y de los hábitos más tradicionales. Por lo general se repiten año tras año suponiendo que son inmunes al paso del tiempo y a las características y necesidades de las nuevas edades y de las nuevas épocas.

¿Por qué es necesario dejar tareas? Hay que empezar por ahí. Dice el diccionario que una tarea es una obra, un trabajo que debe hacerse en tiempo limitado; dicen los profesores que las tareas afianzan los conocimientos y aclaran dudas; dicen los padres de familia que las tareas ocupan el tiempo libre de los niños para que no lo pierdan o lo gasten en asuntos inútiles, banales o peligrosos. Puede que todo eso sea cierto. Falta determinar si es necesario.

Es cierto porque en efecto las tareas pueden afianzar conocimientos y aclarar dudas, pero también producir lo contrario: debilitar conocimientos y reforzar las dudas, básicamente porque se pretende que los niños las hagan cuando están solos: por lo general, ni sus profesores ni sus padres los acompañan en esos momentos.

Es importante que no pierdan tiempo, claro, en cosas inútiles o peligrosas. Pero podrían aprovecharlo también para hablar con sus papás (a propósito de los temas inútiles o peligrosos o de tantos otros temas), para ver programas interesantes de la televisión, para leer un buen libro, para jugar con sus hermanos, para practicar un instrumento musical, para hacer deporte, para escuchar música, o incluso para descansar porque estuvieron diez horas por fuera de la casa… como sus papás.

“Tienes tareas? ¿Ya hiciste las tareas?” Esta es la primera y a veces la única frase de comunicación entre los padres y sus hijos. Muchas veces, incluso, los padres agradecen que el colegio llene a sus hijos de tareas para mantenerlos ocupados mientras ellos descansan viendo televisión, entrando a internet o hablando por teléfono.

Ahora bien: ¿es necesario? Entonces hagamos las tareas en el colegio, donde podemos verificar hábitos, métodos, y resolver en vivo y en directo todas las dudas. Incluso podemos ver dónde están esas dudas. Cuesta trabajo creer que después de estar tanto tiempo en clases y actividades escolares, se delegue la comprensión o el afianzamiento en el tiempo libre de las casas con un acompañamiento incierto o a veces incompetente, cuando los padres no están presentes.

Pongamos ejemplos: a) investigue sobre el feudalismo (para mañana). En términos prácticos y contemporáneos, eso se llama internet, Wikipedia y termina en la infalible y perversa fórmula del copy-paste. b) haga los siguientes 35 ejercicios de matemáticas: ¿para qué? Si se entendieron el concepto y el procedimiento, no es necesario repetir los ejercicios o problemas y menos tantas veces, y si no se entendieron, entonces hay que volverlos a explicar, cambiar de ejemplos, o afianzar el concepto. Cualquier cosa menos pretender que a base de repeticiones se entienda lo que en clase no ha sido todavía posible. Se puede también dedicar un espacio para trabajar por parejas (uno que comprenda bien y otro que no comprenda tanto) con resultados que sorprenden, porque muchas veces los niños le entienden más a sus compañeros que a los profesores, por asuntos relacionados con el lenguaje, la edad y otras perplejidades. c) “Prepare una exposición sobre la célula” (ésta no falla y, claro, también para mañana). Esto significa: comprar un pliego de cartulina rosada a las 9 de la noche, consultar la enciclopedia vieja de la familia cuyos conceptos están ya revaluados o entrar a Wikipedia y suponer que todo lo que dice es confiable, para escribir de mal genio, con marcadores de colores y con los errores de ortografía de los niños (y de sus papás), todo lo que al otro día si están de buenas (o de malas), van a repetir y mostrar en público, porque puede que el profesor decida que la exposición es para otro día o que no hay tiempo para que todos expongan (lo cual es obvio y hubiera podido preverse con anticipación). En cualquier caso la cartelera estará pegada con cinta en las paredes del salón durante dos o tres días y luego terminará en la caneca.

Y si el colegio está muy modernizado (o cree estarlo) y solicita la exposición en Power Point o similares, los niños rápidamente verificarán que sus papás son torpes (retorpes en su lenguaje) en el uso de esas tecnologías y terminarán haciendo solos un salpicón de conceptos y de imágenes que antes de afianzar conceptos o conocimientos, los enredan y confunden. Y ni hablar de los trabajos en grupo. Hay que llevar y recoger a cualquier hora de la noche, al niño que está haciendo una tarea en el otro extremo de la ciudad, muchas veces sin supervisión alguna. (Frente al caos vehicular, cualquier dirección se vuelve extrema).

Hay que ver cómo algunos colegios se aprovechan de las tardes, las vacaciones y los fines de semana para garantizar que los niños no hablen con nadie ni hagan nada distinto de las numerosas tareas que los saturan y los cansan y que, por lo general, les disminuyen las ganas (cuando les quedan) de estudiar. A nosotros nos preocupa más sacarle tiempo al desarrollo de las capacidades, las habilidades y los talentos de los niños, a veces muy excepcionales, que bien puede iniciarse por iniciativa del colegio o de las familias, precisamente en esas tardes, fines de semana y vacaciones.

Estas y otras preocupaciones nos rondan cada vez que pensamos en las tareas en el Claustro. Lo primero que decidimos hace muchos años es que no haya tareas para el lunes, ni en vacaciones, con la ilusión de que los niños puedan relacionarse con sus padres y sus familias con algo más productivo, interesante o menos aburrido que una lista de tareas. Podríamos también intentar conocer mejor sus consolas y sus juegos electrónicos y descubrir que, por ejemplo, con Age of Empires aprenden en unas horas más historia que en el colegio durante un año; que con Big Brain Academy desarrollan más habilidades cognitivas que con las tareas y que los diversos y numerosos juegos de Pipo desarrollan jugando en el computador todos los programas de matemáticas y lenguaje de la escuela primaria. Hay más ejemplos. Es sólo cuestión de conocerlos, seleccionarlos y aprovecharlos. No todos los juegos son malos ni perversos. Pueden ser más perversas las tareas inútiles, sin límite y sin sentido que agrandan la distancia de incomunicación entre los padres y sus hijos.

Algunos padres de familia nos reclaman más tareas. Otros, incluso, nos acusan de no poner nunca tareas. No es cierto. Siempre hemos puesto, aunque a veces lo hacemos más para calmar la ansiedad de algunos profesores y papás. Además, nadie puede garantizar que dejando numerosas tareas para la casa mejoremos los niveles de comprensión, afiancemos hábitos de estudio o incrementemos el nivel académico. Hemos discutido muchas veces y elaborado diferentes propuestas de tareas, para concluir, como siempre, que la respuesta correcta es depende:  depende de la edad, de las necesidades, de las capacidades: lo que es válido para la Etapa 0 (jardín y transición) no necesariamente es válido para la Etapa 3 (séptimo a noveno). En la Etapa 4 (décimo y undécimo), por ejemplo, mal haríamos en ponerle límites a las tareas porque frente a la inminencia de la época universitaria es importante que tengan el hábito de trabajar más y mucho en las casas. En este caso se trata más de un entrenamiento físico que conceptual.

Sin embargo, decidimos probar durante el año 2009 un nuevo esquema de tareas para todo el colegio apoyado en el ejercicio de la lectura. O mejor, de las lecturas (más allá de lo textual, hay muchas otras formas de leer). Adoptamos entonces la estrategia de que las tareas consistan principalmente en lecturas que los profesores asignan en sus clases y los alumnos realizan en sus casas. Puede haber, así, lecturas de los textos de español que se pidieron en el año; de los libros de los planes de lectura; de temas científicos, matemáticos o sociales; de un problema que tiene como propósito pensar el procedimiento o afianzar un concepto; lecturas del periódico; ‘lecturas’ para ver un programa de televisión con los padres; para observar la casa o el apartamento o el barrio o la ciudad; para comentar en familia el noticiero o la estrategia de un partido de fútbol, un juego de golf, una carrera de autos; para escribir, leer o revisar las listas del mercado y las recetas de cocina; lecturas para enriquecer el vocabulario y usar las palabras nuevas en frases construidas en la mesa del comedor con la familia, etc. Nuestra intención es tener un menú de lecturas por grados y etapas que pueda consultarse en la página web del Claustro, de manera que los niños (y sus padres), al llegar a sus casas y prender el computador, puedan encontrar las lecturas y las instrucciones pertinentes, que de todos modos deben estar consignadas siempre y sin excepción en la agenda.

Señalemos, a manera de recapitulación, algunas de las múltiples ventajas de la lectura como tarea:

Mejora la dinámica familiar. La relación entre padres e hijos no puede estar mediada por la lucha dominical o nocturna para que los niños hagan sus tareas, más cuando muchas de estas tareas carecen de sentido pedagógico o formativo para los niños. En cambio si el padre de familia sabe que generalmente su hijo tiene que leer con más tranquilidad podrá, sin duda, acompañarlo a disfrutar de la lectura.

Los padres participan más del proceso formativo. Si habitualmente el niño llega a hacer al menos una lectura a su casa, los padres tendrán la posibilidad de verificar el nivel de lectura y de comprensión que tienen los niños y de intervenir, por ejemplo, en el enriquecimiento del vocabulario, en la explicación de temas complejos, en la ampliación de la información, en la construcción de argumentos y hasta en la formación de criterio, posibilidades que son casi imposibles de encontrar cuando se trata de copiar un mapa o hacer muchos ejercicios de matemáticas.

Fomenta la capacidad creativa y estimula la imaginación. Al mismo tiempo que desconecta por un momento a los niños de sus aparatos electrónicos, amplía su visión del mundo a través del conocimiento de valores, creencias y costumbres de otras comunidades y culturas, despertando incluso el interés por muchos temas que no se ven en el Colegio.

Desarrolla en los lectores habilidades propias y necesarias para acceder con mayor facilidad al sentido de los textos, mediante diferentes tipos de lecturas, de la misma forma que estimula la construcción de criterios más elaborados para evaluar lo que lee.

Incrementa la participación en clase. Entre los propósitos que tiene el profesor al dejar una lectura como tarea está el que sirva de preparación del tema para la clase siguiente así, los niños no llegan a ver qué pasa en clase, sino que ya conocen el tema, se han relacionado con él y, seguramente, tendrán más por decir. Simultáneamente arroja información vital sobre el aprendizaje y ayuda al profesor a detectar los aspectos cognitivos que deben desarrollar los niños.

Se trata, como ya está dicho, de una estrategia pedagógica. Necesitamos, en consecuencia, evaluarla permanentemente, para lo cual resultan fundamentales las opiniones de los niños, sus profesores y sus papás. Sólo de esta manera podremos sacar conclusiones relevantes y madurar una estrategia que hasta el momento nos está dejando enseñanzas muy provechosas. Puede suceder también que en algún momento cambiemos la estrategia y propongamos la escritura como base de las tareas. Ya veremos cuándo, cuánto y hasta cuándo.

 

 
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